NOTA BIOGRÁFICA WALTER ADET* nació en la ciudad de Salta, el 3 de diciembre de 1931. Cursó sus estudios primarios en zonas de frontera con Chile y Bolivia, en escuelas de San Antonio de los Cobres y Campamento Vespucio. De esos primeros años, recuerda el poeta: «Nací en Salta pero me crié en San Antonio de los Cobres, donde pasé los seis años de la escuela primaria (...) Empecé a escribir versitos en la escuela. Me maravillaban el sonido y el significado de las palabras. Leía novelas de aventuras, cuentos. Comencé a escribir a los 15 o 16 años. Luego, al escribir se me fue haciendo claro que era una cosa inexorable (...) Viví en Vespucio donde hace cuarenta y cinco años los obreros y sus mujeres caminaban por la calle, y los oficinistas y técnicos por la vereda.» Sus estudios secundarios los realiza en la ciudad de Salta, en los colegios Salesiano y Nacional. De aquella época sólo recuerda su gran avidez por la lectura y su lucha por destrabar su lenguaje interior que era seco y árido, en su apreciación. Una vez finalizados éstos, inicia una larga peregrinación por todo el país, desempeñando distintos oficios.
A su regreso a Salta, entabla amistad con Juan· Carlos Dávalos, a través de su hijo Ramiro, y se relaciona con otros poetas de su generación como Miguel Angel Pérez y Jacobo Regen. Con ellos se amplía el panorama de lecturas y la comprensión de la poesía. Por aquellos años, comienza a incursionar en el periodismo en forma gratuita en el diario salteño «El Intransigente»....
Trapo negro a Roberto Maehashi Trapo negro ese saco deslomándose, como la piel del diablo desollado tras el tapial del cementerio; tirado allí, leñoso, quedó de un pordiosero y yo entro en él a manotazos con ojos huecos. Voy a los costurones del mendigo donde la luz es de hueso molido y me hundo en él a preguntarle cuándo se le quedó el camino, por qué estoy en su manto desfondado mientras la noche siembra sus carbones de olvido. Desde que al verlo así, crucificado, me tendí con los brazos abiertos y de espaldas en sus remiendos, me arrodillé enfundándolos y trasminó mi piel la cruz del hombre, su calvario de hilos ahuesados. Por eso es que lo siento caminar en mis pasos, siempre cada vez más yéndose a menos. Ahora que soy él desde la noche en que bajo su ropa me vestí con su cuerpo. Trapo negro, ¡bolsa de la limosna! como manto de perro.