DATOS DE LA AUTORA Leonor García Hernando (1955-2001) Integró el Taller Literario Mario Jorge De Lelis, el Grupo Literario Las Cuarenta y en la revista Mascaró tuvo a su cargo las páginas de crítica y publicación de la sección literaria. Publicó los libros de poesía Mudanzas (1974), Negras ropas de mujer (1987), La enagua cuelga de un clavo en la pared (1994), Tangos del orfelinato/Tangos del asesinato (1999) y El cansancio de los materiales (2001). Su obra está inscripta en los hallazgos más viscerales de la historia de nuestra poesía. La oralidad, los cambios de ritmo y la construcción de las imágenes avasallantes dejaron huella en las nuevas generaciones que buscan en su palabra el latido de la Argentina que fue.
PUEDO RECORDAR: había un país donde bailábamos y brindábamos con nuestros amigos Asfixia sobre asfixia. Sol sobre sol. Y este inmenso país que nos abarca. Un día nos descubrimos lamidos, abandonados, (húmedos y vírgenes). Sabemos que hay borracheras que sólo nos pertenecen a nosotros, que son nuestras aliadas; que por ellas salimos a pelear. Asfixia sobre asfixia. Sol sobre sol. Un día sabemos que no nos quedan ojos; que las novias dejaron sus ojos detrás de las ventanas. Después la noche suelta sus perros oscuros hasta dejar la tierra trémula, sin que podamos abrigarla. (fragmento)
He tenido el terror de los bichos humildes en la tormenta. Me mortificó la duda. Me mortificaron los grandes helechos ponzoñosos, los ojos de las modistas, las palabras habladas en la boca de mi madre. La duda comió de mi corazón como un chino inclinado sobre su arroz cocido. El deseo vino con un peso de barco que divide las aguas y termina siendo sólo veneno blanco cae en gotas de un raro espesor. La boca agrandada por el deseo como por trazos de carmín y los ojos agrandados por la lectura. Eso es todo.
Ofrezco una espalda sin corazón delante. Si el asesino viene, mi corazón, no dará sombra. Si duermo, seré un tamaño blanco entre sábanas blancas. Ningún arquero arrojó su dardo amoroso a mi cama estaré sola con la espalda en la luz el cabello caído en la madera. Le pediré al asesino que me abrace ♦
el cabello cortado a navajazos sobre la frente y el largo paredón de la curtiembre para que los ojos miren agrandados en la delgadez del rostro sombra de las niñas expósitas sobre los pómulos soy la que mira con insistencia caer los granos de sal sobre la babosa que se disuelve en las baldosas del patio ahuyentar con la mano esos rotos mechones que molestan la frente soy la dejada con una manta en los hombros la tocada por la sospecha me querías pecadora? Yo te daré indolencia semejante al destierro.
en la mesa familiar mi padre no tenía silla. Él comía parado, erguido sobre el mármol como un monumento fúnebre; pero su voz era alegre y ronca y le gustaba relatar los condimentos usados al preparar el almuerzo porque era mi padre quien cocinaba en casa. Tiempo atrás él degollaba gallinas en la pileta del lavadero y tapaba los chillidos del animal con el ruido del agua. Con mi madre compartían ese espacio. Allí donde mi madre golpeaba la ropa él golpeaba la cabeza de un pájaro feo y sin otra gracia que su entrega a una muerte cruenta. Supe entonces que si era fea compartiría la suerte de unas plumas sangrientas y así fue cierto que mi garganta respira por el tajo.